miércoles, 10 de junio de 2015

EFEMÉRIDES DE JUNIO - ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY



Antoine Marie de Saint-Exupery nació el 29 de junio del año 1900. Piloto y escritor que hizo de la aviación una forma de poesía, pionero de la gesta de su tiempo, combatiente aliado en la Segunda Guerra Mundial, inventor, dibujante, reportero, mago con las cartas, matemático por intuición, domesticador de animales, protagonista de uno de los mayores misterios de la historia de la literatura tras su desaparición y uno de los últimos humanistas que desarrolló una idea
propia sobre el hombre, cuya grandeza ensalzó. Son algunos de los muchos talentos que reunió en una sola vida de 44 años -los primeros del siglo XX- Antoine de Saint-Exupéry, un autor menos conocido que su «Principito», cuya fama ha eclipsado no sólo el resto de su obra, sino también otras de las muchas facetas que desempeñó a lo largo de su vida, como la de periodista.

Pero lo cierto es que durante los años 30 del siglo pasado Saint-Exupéry colaboró con la prensa francesa de la época y fue enviado como reportero a algunos de los principales escenarios de su tiempo, como la Guerra Civil española. Lo hizo por las dificultades económicas que atravesaba en unos años en los que no pudo vivir de las que fueron sus dos principales ocupaciones como piloto y escritor, sin que fuese la vocación la que lo llevó al periodismo, sin embargo, sus trabajos en este terreno constituyen no sólo una aportación singular, sino que a partir de ellos reescribió la obra que lo consagró en vida como escritor, y que no fue “El Principito”, cuyo éxito no llegaría a conocer, sino “Tierra de hombres”. Además, su trabajo como reportero le permitió conocer de primera mano realidades que dejaron huella en su obra y en su pensamiento, como la guerra.  
Saint-Exupéry publicó entre 1932 y 1938 en algunos de los principales periódicos y revistas
francesas de la época. En muchos de ellos, el escritor relata sus propias experiencias como pionero de la aviación, abriendo nuevas líneas de correo aéreo a través del Sáhara o la Patagonia, pero también intentando batir récords de aviación que le ocasionaron no pocos accidentes en los que estuvo a punto de morir. Uno de ellos fue el que sufrió en el desierto libio, por el que anduvo durante cinco días sin agua ni comida, lo que ocupó las primeras planas de todos los periódicos durante los primeros días del año 1936.
En otros casos, sus colaboraciones fueron fruto de los encargos que el escritor recibió de los diarios «Paris-Soir» y «L’Intransigeant», los dos vespertinos franceses más vendidos de la época, que lo enviaron a la Unión Soviética de Stalin o a la Guerra Civil española, en la que estuvo en dos ocasiones. La primera de ellas en Barcelona y el frente de Lérida al poco de estallar la contienda, en el verano de 1936, y la segunda en Madrid, donde, en abril de 1937, convivió con los milicianos en las trincheras de Carabanchel. De aquellas experiencias salieron unos reportajes que dan una visión única de la guerra, ya que se trata de una visión humanista y alejada de la cuestión ideológica, introduciendo la poesía, a través de sus escritos, en realidades tan áridas como la guerra. Pero los reportajes sobre la Guerra Civil española a Saint-Exupéry no le salieron gratis, ya que después el régimen franquista le negó el visado para cruzar por España hacia Portugal, rumbo a su exilio en Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial.
Además, la guerra dejó una huella reconocible tanto en su obra como en su pensamiento, ya que vio en la contienda española un preludio del cataclismo mundial que se avecinaba, y en el que dejó la vida participando.
Saint-Exupéry desapareció en la mañana del 31 de julio de 1944 durante un vuelo aliado de reconocimiento sobre Francia del que nunca regresó. «Se debe escribir, pero con el propio cuerpo», decía un autor cuya escritura está trazada con su propia vida. Hasta sus últimas consecuencias.


Fragmentos de “Tierra de hombres” 

" En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, te borrarás, sin embargo, para siempre de mi memoria. No me acordaré nunca de tu rostro. Tú eres el Hombre y te me apareces con la cara de todos los hombres a la vez. Nunca fijaste la mirada para examinarnos, y nos has reconocido. Eres el hermano bien amado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres. Te me apareces bañado de nobleza y benevolencia, gran señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos, en ti marchan hacia mí, y no tengo ya un solo enemigo en el mundo.
(...)
Viejo burócrata, camarada aquí presente, nadie te ha permitido evadirte y de ello no eres responsable. Has construido tu paz a fuerza de bloquear con cemento, como la hacen las termitas, todas las salidas hacia la luz. Has rodado como una bola tu seguridad burguesa; en tus rutinas, en los mitos asfixiantes de tu vida provinciana, has alzado esa humilde muralla contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los graves problemas, bastante trabajo has tenido con olvidar tu condición de hombre. No eres el habitante de un planeta errante. No planteas preguntas sin respuesta, eres un pequeño burgués de Toulouse. Nadie te ha sacudido por los hombros cuando aún era tiempo. Ahora la arcilla con la cual estás hecho se ha secado y endurecido y nada en ti podría, en adelante, despertar al músico, o al poeta, o al astrónomo que quizá te habitaban al principio.
(...)
Lo que se transmitía así, de generación en generación, con el lento progreso de un crecimiento de árbol, era la vida, pero era también la conciencia. ¡Qué misteriosa ascención! De una lava en fusión, de una pasta de estrella, de una célula viva germinada por milagro hemos brotado, y, poco a poco, nos hemos elevado hasta escribir cantatas y pesar vías lácteas. La madre no había transmitido solo la vida: ella había enseñado un lenguaje. Había confiado a sus hijos el caudal tan lentamente acumulado en el curso de los siglos, el patrimonio espiritual que ella misma había recibido en depósito, ese pequeño lote de tradiciones, de conceptos y de mitos que constituye toda la diferencia que separa a Newton o Shakespeare del bruto de la cavernas. Lo que sentimos cuando tenemos hambre, esa hambre que impulsaba a los soldados de España bajo los disparos hacia la lección de botánica, que impulsó a Mermoz hacia el Atlántico Sur, que impulsaba a alguien hacia su poema, es que el Génesis no está acabado y que necesitamos alcanzar conciencia de nosotros mismos y del universo. Tenemos que tender pasarelas en la noche. Esto lo ignoran sólo aquellos que forman su sabiduría en una indiferencia que creen egoísta. ¡Pero todo desmiente a esa sabiduría! Camaradas, camaradas míos, yo os tomo por testigos: ¿Cuándo nos hemos sentido felices?”

                                                                                         Antoine de Saint-Exupéry 




Extracto de “El Principito”
Fue entonces que apareció el zorro:
- Buen día – dijo el zorro.
- Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.
- Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano…
- ¿Quién eres? – dijo el principito. – Eres muy bonito…
- Soy un zorro – dijo el zorro.
- Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste…
- No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.
- Ah! perdón – dijo el principito.
Pero, después de reflexionar, agregó:
- ¿Qué significa “domesticar”?
- No eres de aquí – dijo el zorro –, ¿qué buscas?
- Busco a los hombres – dijo el principito. – ¿Qué significa “domesticar”?
- Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. ¡Es bien molesto! También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?
- No – dijo el principito. – Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
- Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa “crear lazos…”
- ¿Crear lazos?
- Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…
- Comienzo a entender – dijo el principito. – Hay una flor… creo que me ha domesticado…
- Es posible – dijo el zorro. – En la Tierra se ven todo tipo de cosas…
- ¡Oh! no es en la Tierra – dijo el principito.
El zorro pareció muy intrigado:
- ¿En otro planeta?
- Sí.
- ¿Hay cazadores en aquel planeta?
- No.
- ¡Eso es interesante! ¿Y gallinas?
- No.
- Nada es perfecto – suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:
- Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo…
El zorro se calló y miró largamente al principito:
- Por favor… ¡domestícame! – dijo.
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
- ¿Qué hay que hacer? – dijo el principito.
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…
Al día siguiente el principito regresó.
- Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las
cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. ¡Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Es bueno que haya ritos.
- ¿Qué es un rito? – dijo el principito.
- Es algo también demasiado olvidado – dijo el zorro. – Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. ¡Entonces el jueves es un día maravilloso! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:
- ¡Ah! – dijo el zorro… – Voy a llorar.

- Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.
- Claro – dijo el zorro.
- ¡Pero vas a llorar! – dijo el principito.
- Claro – dijo el zorro.
- ¡Entonces no ganas nada!
- Sí gano –dijo el zorro – a causa del color del trigo.
Luego agregó:
- Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.
El principito fue a ver nuevamente a las rosas:
- Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.
Y las rosas estaban muy incómodas.
- Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas
ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.
Y volvió con el zorro:
- Adiós – dijo…
- Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
- Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.
- Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante.
- Es el tiempo que he perdido en mi rosa… – dijo el principito a fin de recordarlo.
- Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
- Soy responsable de mi rosa… – repitió el principito a fin de recordarlo.
                                                                                  Antoine de Saint-Exupéry

Publicado por Patricia Dizanzo